Soy una princesita.
Me quejo como si de verdad me estuvieran latigando una horda de nippones enfurecidos.
Hoy, mientras hacía un cocido de carne con papas en salsa de tomate y un poco de clavo, pensaba, la cosa no está tan mal. No puede estar tan mal si estoy logrando escribir mi proyecto de investigación en japonés. No en el japonés más elegante y limpio en el que yo quisiera expresarme, pero en un japonés entendible que de ninguna manera habría sido capaz hace nueve meses.
Digo, sí, mi paso por la escuela de idioma fue un tanto frustrante y solitario, pero creo que logré tomar lo que necesitaba.
Y, finalmente, estoy aquí, dándole vueltas a la cazuela, en una cocinota que ya quisiera cualquiera para sus entrenamientos como futura propietaria de un restaurante-bar-jazz-fusión, o algo así.
De alguna manera, logré tomar un avión a la nada, para vivir un sueño incierto, pero sueño al fin.
He ocupado tanto espacio en quejarme, que se me ha olvidado apreciar -con buenos ojos- que hace nueve meses me volví a subir al caballo, y que el camino que cabalgo es el que siempre había querido seguir.
Siempre, desde que estaba en 4o de primaria y entré a la escuela japonesa por dos semanas, y una vez cada dos años cuando veníamos a visitar. Siempre, desde que pasé al español un párrafo de Kitchen de Yoshimoto Banana, y me di cuenta de que mi versión era superior a la traducción existente, por mucho. Siempre, desde que terminé un día como intérprete en el Foro del Agua, haciendo por primera vez algo que le servía a un segundo, a un tercero.
Hoy, después de apagar la estufa y pasarle la estafeta de la trinchera de las ensaladas a la del turno de la tarde, aspiré una satisfacción que no venía de ninguna aceptación al doctorado de ninguna universidad, sino de los días trabajados hasta ahora; del proceso y no del resultado, que, sin embargo -no puedo negar-, deseo desde todas las variantes de sed posibles.
Un abrazo y buen 2009.