Ayer, bajando una colina con esquís en los pies... (Es que no me atrevo a decir "esquiar"; no estoy muy segura de que lo que hago sea precisamente eso.) me di un madrazo después de ser el núcleo de una miniavalancha. Toqué mis partecitas para ver si no me había roto o torcido nada, a ver si no había salido una chichi por allá, una nalga por acá; pero no, todo en su lugar, en su dirección y colocación apropiada. Sólo un ligero dolor en el dedo gordo de la mano izquierda, pero nada de qué alarmarse. Así que, bueno, me levanté. Todavía bajé la colina una vez más.
De pronto, que me doy cuenta de que tengo la parte circundante a mi dedo gordo con una hinchazón fuera de lo común y un color medio rojo, medio verde, medio morado. Esto no puede estar tan bien. Tampoco está tan mal, porque si sí, entonces estaría llorando del dolor. Pensé, bueno, ya se arreglará. Ya Dios dirá.
Pero después entré a trabajar. Primero no había tanto problema, cortar unos plátanos a la mitad, quitarle a unas fresas las cabecitas, bañarlas en chocolate... no, no es necesario el dedo gordo de la mano izquierda en la vida. Ah, ¿pero a ver lava los trastes sin poner presión ahí? ¿A ver sécalos, a ver si muy macha? No... pos no. Y luego abrir bolsas de plástico, como las de las papas que vienen selladas con calor. Enjuagar una toalla y exprimirla... Quitarle la tapa giratoria a los recipientes como los de la mayonesa... Y quién sabe para qué otras cosas es indispensable!!
Qué interesante, ¿no?
Nada, aquí... contemplándome la mano verde.
sábado, 27 de diciembre de 2008
domingo, 7 de diciembre de 2008
de pesos de encima
Así que ayer preparé la ropa que me iba a poner hoy, cosa que nunca hago. Dejé el arroz cocido para hacerme mi lunch, cosa que tampoco nunca hago. Organicé la bolsa, cosa que... no, jamás... nunca hago. Dejé una bolsita de té sin abrir, dentro de una taza.
Hoy me desperté a las 7:35, después de dejar sonar el despertador una, dos, tres veces. Pensé, vale, Josefina, démosle cran a esto, de una buena vez. Metí la ropa del día al futón, para que al menos me provoque quitarme la ropa calientita de dormir. Fui al baño a hacer pipí. Me cambié adentro del futón, no soporto el frío. Me serví agua caliente en la taza del té. Revolví arroz con katsuobushi (pescado seco llamado también "bonito") y umeboshi (ciruela curtida, parecido al "chamoy" mexicano), y me puse vinagre de arroz en las manos para que no se me pegue el arroz al hacer los onigiris (bolas de arroz).
Justo estoy a punto salir -son las 8:30-, cuando entra a la casa una de las alumnas de mi abuela, le digo que se siente, que ya se despertará mi abuela, que yo ya me voy.
Me subo al tren, transbordo unas tres veces. Le doy una última repasada a los kanjis. Llego a la sede del examen que me toca, la Aoyama Gakuin Daigaku (Universidad Instituto Aoyama). Entro al salón que me toca, entre voces de ya va a empezar el examen, y otros examinantes que corren a su destino. Pero, yo no corro, sé que voy a tiempo, no voy a llegar jadeando a contestar cualquier cantidad de ansiosidades y apuros.
En el auditorio mío seremos unas ochenta, noventa personas. Calculo otros ocho salones. Me sorprende que haya tanta gente presentando un examen de japonés. Me pongo a imaginar la gente que habrá en otras partes del mundo presentando los distintos niveles del dichoso examen, este mismo día. El Nihongo Nouryoku Shiken (Examen de Competencia en Japonés) se realiza una vez al año, siempre en diciembre, en al menos 138 ciudades de 50 países alrededor del mundo. Y, ya que estamos ahí, desde el año que viene se podrá presentar dos veces al año.
En los descansos entre prueba y prueba -en los que me voy comiendo mis onigiris-, me doy cuenta de que la población mayoritaria es de chinos y coreanos, por supuesto; pero veo también los que parecen ser medio-orientales, uno que otro europeo, y me toca escuchar un grupillo de nikkeis (descendientes de japoneses) brasileños. Me pregunto si habrá habido otro nikkei hispanohablante, por ahi.
Dejo el lápiz en la banca, siempre uno, dos minutos antes de que te avisen que ya no puedes seguir escribiendo. Se hizo lo que se pudo, señores. Me he quitado un peso de encima, al menos de aquí hasta que publiquen los resultados en febrero.
Hoy me desperté a las 7:35, después de dejar sonar el despertador una, dos, tres veces. Pensé, vale, Josefina, démosle cran a esto, de una buena vez. Metí la ropa del día al futón, para que al menos me provoque quitarme la ropa calientita de dormir. Fui al baño a hacer pipí. Me cambié adentro del futón, no soporto el frío. Me serví agua caliente en la taza del té. Revolví arroz con katsuobushi (pescado seco llamado también "bonito") y umeboshi (ciruela curtida, parecido al "chamoy" mexicano), y me puse vinagre de arroz en las manos para que no se me pegue el arroz al hacer los onigiris (bolas de arroz).
Justo estoy a punto salir -son las 8:30-, cuando entra a la casa una de las alumnas de mi abuela, le digo que se siente, que ya se despertará mi abuela, que yo ya me voy.
Me subo al tren, transbordo unas tres veces. Le doy una última repasada a los kanjis. Llego a la sede del examen que me toca, la Aoyama Gakuin Daigaku (Universidad Instituto Aoyama). Entro al salón que me toca, entre voces de ya va a empezar el examen, y otros examinantes que corren a su destino. Pero, yo no corro, sé que voy a tiempo, no voy a llegar jadeando a contestar cualquier cantidad de ansiosidades y apuros.
En el auditorio mío seremos unas ochenta, noventa personas. Calculo otros ocho salones. Me sorprende que haya tanta gente presentando un examen de japonés. Me pongo a imaginar la gente que habrá en otras partes del mundo presentando los distintos niveles del dichoso examen, este mismo día. El Nihongo Nouryoku Shiken (Examen de Competencia en Japonés) se realiza una vez al año, siempre en diciembre, en al menos 138 ciudades de 50 países alrededor del mundo. Y, ya que estamos ahí, desde el año que viene se podrá presentar dos veces al año.
En los descansos entre prueba y prueba -en los que me voy comiendo mis onigiris-, me doy cuenta de que la población mayoritaria es de chinos y coreanos, por supuesto; pero veo también los que parecen ser medio-orientales, uno que otro europeo, y me toca escuchar un grupillo de nikkeis (descendientes de japoneses) brasileños. Me pregunto si habrá habido otro nikkei hispanohablante, por ahi.
Dejo el lápiz en la banca, siempre uno, dos minutos antes de que te avisen que ya no puedes seguir escribiendo. Se hizo lo que se pudo, señores. Me he quitado un peso de encima, al menos de aquí hasta que publiquen los resultados en febrero.
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