Creo que nunca les he dicho cuánto odiaba la secundaria. Cuando era aun más andrógina que ahora, y me confundían con mi hermano, mucho, mucho más que ahora. Pero, sobre todo, bueno, me chocaba y requetechocaba quererle gustar a los chicos y que me trataran como a su amigo que ni locos le plantaban un beso.
Bueno.
No lo he querido aceptar. Me niego rotundamente todavía a que a esta femme fatale se le escapen las presas.
Ah.
Pero es que ando siendo amiga de un chamaco que me trae cacheteando el campus de Komaba. Es un chamaco de verdad. Tiene arranques de adolescente. Y a mí ya me dio miedo que cada vez mis límites respecto a la edad están disminuye y disminuye. Al rato me van a ver viendo a escondidas a un menor... uf.
Pero es que me gusta reteharto.
Y somos cuates...
Puros abrazos, puras idas a comer, ya nada más falta que me empiece a contar de la que le gusta.
No... La secu...
Can you believe it?
lunes, 29 de junio de 2009
martes, 23 de junio de 2009
dejar de rascar
A veces, por más que yo quiera, la confrontación no resuelve nada. Por más que yo quiera, externar los sentimientos y verbalizarlos no resuelve nada. Por más que yo quiera, ser honesto y hablar con la verdad no resuelve nada. Por más que yo quiera, excavar en mis profundidades no me enseña el hilo negro del que puedo jalar para que todo se siga. No.
A veces, es mejor ignorar lo que te duele y dejarlo ir. A veces, incluso, es mejor ignorar lo que te causa placer y dejarlo ir.
No siempre tenemos el poder para procesar lo que nos pasa. Nuestra emocionalidad tiene sus límites. Nuestra mente no es omnipotente. No tenemos ni remotamente todas las respuestas.
A veces, lo mejor que podemos hacer es callar. Para callar también se necesita fuerza. Para no actuar se necesita fuerza. Para no reaccionar se necesita fuerza.
A veces, es mejor ignorar lo que te duele y dejarlo ir. A veces, incluso, es mejor ignorar lo que te causa placer y dejarlo ir.
No siempre tenemos el poder para procesar lo que nos pasa. Nuestra emocionalidad tiene sus límites. Nuestra mente no es omnipotente. No tenemos ni remotamente todas las respuestas.
A veces, lo mejor que podemos hacer es callar. Para callar también se necesita fuerza. Para no actuar se necesita fuerza. Para no reaccionar se necesita fuerza.
domingo, 21 de junio de 2009
just a dream
Soñé toda la noche con tu olor. Toda la noche. Soñé con tu olor cuando traes chamarra de cuero. Soñé con el olor de tu cuello cuando nos abrazamos cuando traes chamarra de cuero. Soñé con mi nariz entre tu cuello y tu barbilla cuando queremos besarnos pero nos abrazamos cuando traes chamarra de cuero. Toda la noche.
viernes, 19 de junio de 2009
terapia de conciencia
Lo que me sucede puede resumirse en la siguiente frase: "pérdida de conciencia".
No así como que me quedé inconciente, aunque a veces me parece que lo mejor sería desconectarme. Ni así como que soy una inconciente social, aunque lo sea, pero no es a lo que voy ahora. A lo que voy es que de pronto me hice a la idea de que estaba donde estaba y hacía lo que hacía, y perdí la sensación de sorpresa. Me relajé lo suficiente como para ver los negritos en el arroz.
Debe ser muy humano, y yo, como siempre, todo lo exagero, nomás porque ora me pasa a mí.
Pero es curioso. Es como la dinámica de fuerzas de la semántica cognitiva. Yo, para advertir mi vivir, necesito una fuerza contraria que atente contra mi comodidad. Entonces, puedo defenderla y estar satisfecha con lo que tengo. Ahí puedo moverme o, más bien, estar conciente de mi movimiento.
Y una terapia buenísima, de verdad, es escribir un currículum, llenar una hoja con tu proyecto a futuro, para convencer a alguien de que te dé dinero. Sea cual sea el resultado, en el camino, mínimo te convenciste a ti mismo de que eres redituable.
No así como que me quedé inconciente, aunque a veces me parece que lo mejor sería desconectarme. Ni así como que soy una inconciente social, aunque lo sea, pero no es a lo que voy ahora. A lo que voy es que de pronto me hice a la idea de que estaba donde estaba y hacía lo que hacía, y perdí la sensación de sorpresa. Me relajé lo suficiente como para ver los negritos en el arroz.
Debe ser muy humano, y yo, como siempre, todo lo exagero, nomás porque ora me pasa a mí.
Pero es curioso. Es como la dinámica de fuerzas de la semántica cognitiva. Yo, para advertir mi vivir, necesito una fuerza contraria que atente contra mi comodidad. Entonces, puedo defenderla y estar satisfecha con lo que tengo. Ahí puedo moverme o, más bien, estar conciente de mi movimiento.
Y una terapia buenísima, de verdad, es escribir un currículum, llenar una hoja con tu proyecto a futuro, para convencer a alguien de que te dé dinero. Sea cual sea el resultado, en el camino, mínimo te convenciste a ti mismo de que eres redituable.
miércoles, 17 de junio de 2009
los ángeles sí existen
Estaba ya en el borde, de verdad, como un elefante en la cuerda floja (y tomo prestada esta imagen del chat de hoy en la mañana, porque es demasiado exacta). Simplemente demasiado peso -tanto que no te deja avanzar porque cualquier paso y caes al vacío- y demasiado esfuerzo para mantener el equilibrio. Ayer me quedé dormida de cansancio. Creo que nunca me había pasado. Realmente no tenía sueño. Sólo sentía una especie de mareo provocado por una especie de asfixia mental y emocional. Sólo recuerdo el skype colapsando (terminando con la última esperanza que tenía ese día de callar el discurso interno), porque la lluvia no le permitía a mi conexión robada una buena señal, y yo dejando todo como estaba, porque realmente no me quedaba cabeza, ni corazón, ni estómago, para nada, sólo mandé un mensaje por el celular, discúlpame, no pretendía molestarte, últimamente me siento demasiado cansada e inestable y termino preguntándome cosas que atentan contra el sentido de estar aquí, pero eso es simplemente demasiado peligroso, debería dejar de hacerlo, dejo deslizar el celular por la mano y me desconecto. Soñé algo en algún momento. Lo sé. No lo recuerdo. Desperté, de alguna manera clara, descansada, sólo con el mal sabor de boca de la cruda moral, cómo hay días en los que simplemente decides correr desbocada al precipicio. Estaba despierta y clara, cuando vibró el celular. Abrí el teléfono, son las cinco de la mañana, quién me escribe a esta hora, sólo puede ser un ángel. "Ey, te extraño, por qué no te has conectado? te quiero". Ah, sí. Sí hay más que yo misma y lo que me tenga que maldecir. Y yo también te quiero. Me levanté. Hice café y el desayuno. Me pelié con la tarea de la clase de programación. Otro mensaje. Todo está bien. No ha pasado a mayores. Un par de chats. Venga, Jo. Sí. Venga. Sigo en franca lucha con los códigos y las interfases. Luego me encamino a marchas forzadas a la escuela. No quiero ir. Y para muestra, dejo ir un par de trenes. Ya falté a una clase, y voy llegando tarde a la otra. Hablan de fonología del chino, pero no me interesa seguir escuchando cátedra. Sólo porque ahí está mi amiga, e intercambiamos ideas sobre la tarea de sintaxis de mañana. Compro la cena en el supercito. Voy al lounge que está frente a la sala de estudio. Abro el skype. Me preguntan que si la sala de estudio descansa algún día. Yo contesto que no sé, y sólo para corroborar, salgo del lounge, me asomo al horario, regreso al lounge, veo una sombra a mi lado que me supongo es un estudiante. Regreso a la computadora para comentar que no, la sala de estudio no cierra nunca, y en eso me doy cuenta de que la sombra que vi de reojo, era Hugo Voss, al que no veía en semanas. Me cuenta una historia en la que él termina en el set de una película donde se encuentra con Leonardo Di Caprio en la torre Mori de Roppongi, y nos reimos como locos. De pronto desaparece mi dolor de estómago. Hablo y me doy cuenta de que mi discurso es mucho más claro que ayer, y mis ideas parecen tener dirección. Todo parece manejable, otra vez. Sí hay mucho trabajo y un sinfín de pendientes, pero se puede. Sí me causan frustración los muros entre los profesores y los alumnos de esta escuela, pero puedo evadirlos, por el momento. Sí tengo un plan viable, que tiene que ver conmigo y que puede tener impacto social, que se sirva de la lingüística para sus fines. Sí tengo razón de ser en este espacio y en este momento. Sí vale la pena.
Un abrazo.
Un abrazo.
jueves, 11 de junio de 2009
yes
Estoy contenta con mi nuevo espacio. Estoy logrando depurar ginsintonic y eso me pone contenta.
Y aquí me doy a la desfachatez de escribir exacto el mismo adjetivo de una oración cercana. Qué tal. Me da culpa pero me controlo.
...
No puede ser. Acabo de toparme con el blog de un tal Danny Choo. Nada más dense una vuelta. Ahí está todo lo que yo debería de reportar, en vez de estar duro y dale con la chaqueta mental todos los días... Señores, llevo un año en este país, y no lo conozco para nada. Estoy en shock. Me dan ganas de aventar la maestría y dedicarme al reportaje underground. Y así, seguro que hasta cama japo me dan.
What am I doing... Life is too short...
Y aquí me doy a la desfachatez de escribir exacto el mismo adjetivo de una oración cercana. Qué tal. Me da culpa pero me controlo.
...
No puede ser. Acabo de toparme con el blog de un tal Danny Choo. Nada más dense una vuelta. Ahí está todo lo que yo debería de reportar, en vez de estar duro y dale con la chaqueta mental todos los días... Señores, llevo un año en este país, y no lo conozco para nada. Estoy en shock. Me dan ganas de aventar la maestría y dedicarme al reportaje underground. Y así, seguro que hasta cama japo me dan.
What am I doing... Life is too short...
miércoles, 10 de junio de 2009
Ah...
Hoy, señoras y señores. Hoy, por fin, respiré.
No sé si fue que terminé la tarea de mañana antes de las 3 de la mañana (mucho antes, por cierto), o es que por fin estaré saliendo del síndrome premenstrual...
Pero sé lo que activó mi salida del dar vueltas en mi cabeza como león enjaulado.
A la Márgara la corren de la escuela donde -todavía dos semanas más- da clases de música para los niños índigenas del Norte de Quebec, en la provincia de Chisasibi. Por cuestiones políticas. Ella dice, me corren por homofobia. A mí eso me destroza el corazón. Me mata de la tristeza. De verdad. Porque yo sé -no lo he visto, pero lo sé- todo el trabajo que ella pone para que esos pinches chamacos aprendan a leer el pentagrama, tocar el ukulele, cantar en la clase, emocionarse mínimamente por la música. Ojetes. Cómo no son capaces de ver los -aunque mínimos- avances con los pinches chamacos. O cómo los ven y no les importa. O cómo no tienen ni la decencia de aunque sea esperar a que termine el ciclo. Por los niños, por ella. Qué manera tan chafa de terminar con algo.
Sí me emputé.
También porque no lo veo como algo ajeno a mí. Creo que hay quienes por alguna misteriosa razón nos dirigimos distinto en este mundo. Y creo que para esas personas será más trabajoso encontrar un lugar donde seamos aceptados con nuestras particulares maneras.
Y yo le estaba perdiendo el sentido ya, a estar en el centro de la mátrix de la manipulación mental, el terrorismo psicológico, los rankings escolares, el ideal del escalón, la homogeneización del individuo, pero a la vez el aislamiento entre los individuos... ¿yo qué hago aquí? Me van a aplastar como a un insecto, sin duda.
Pero, le dije, te juro que vamos a hacer la revolución, mana. Nada más que nos juntemos, después de toda esta madriza, y a ver quién corre a quién. Te lo prometo. Vas a ver.
Y eso iba para ella, pero también iba para mí.
Hoy, señoras y señores. Hoy, por fin, respiré.
No sé si fue que terminé la tarea de mañana antes de las 3 de la mañana (mucho antes, por cierto), o es que por fin estaré saliendo del síndrome premenstrual...
Pero sé lo que activó mi salida del dar vueltas en mi cabeza como león enjaulado.
A la Márgara la corren de la escuela donde -todavía dos semanas más- da clases de música para los niños índigenas del Norte de Quebec, en la provincia de Chisasibi. Por cuestiones políticas. Ella dice, me corren por homofobia. A mí eso me destroza el corazón. Me mata de la tristeza. De verdad. Porque yo sé -no lo he visto, pero lo sé- todo el trabajo que ella pone para que esos pinches chamacos aprendan a leer el pentagrama, tocar el ukulele, cantar en la clase, emocionarse mínimamente por la música. Ojetes. Cómo no son capaces de ver los -aunque mínimos- avances con los pinches chamacos. O cómo los ven y no les importa. O cómo no tienen ni la decencia de aunque sea esperar a que termine el ciclo. Por los niños, por ella. Qué manera tan chafa de terminar con algo.
Sí me emputé.
También porque no lo veo como algo ajeno a mí. Creo que hay quienes por alguna misteriosa razón nos dirigimos distinto en este mundo. Y creo que para esas personas será más trabajoso encontrar un lugar donde seamos aceptados con nuestras particulares maneras.
Y yo le estaba perdiendo el sentido ya, a estar en el centro de la mátrix de la manipulación mental, el terrorismo psicológico, los rankings escolares, el ideal del escalón, la homogeneización del individuo, pero a la vez el aislamiento entre los individuos... ¿yo qué hago aquí? Me van a aplastar como a un insecto, sin duda.
Pero, le dije, te juro que vamos a hacer la revolución, mana. Nada más que nos juntemos, después de toda esta madriza, y a ver quién corre a quién. Te lo prometo. Vas a ver.
Y eso iba para ella, pero también iba para mí.
jueves, 4 de junio de 2009
de espacios y poco a pocos
Hace preciso un mes me salí de casa de la abuela.
Es exagerado. Pero he sentido cómo poco a poco -copo a copo- se me descongela el yo. Como que mi espectro de toma de decisiones se amplió y empecé a sentir mi voluntad muy cercana a mí misma, y tal parece que la voluntad propia en la experiencia vital mía no es accesoria.
Y es que mi abuela logra esto que pocas personas realmente logran en mí. Son contados con los dedos de una mano aquellos que llegan limitarme los hábitos, incomodarme la propia comodidad, hacerme pensar en el otro como una restricción. Son contados y no se me olvidan, aquellos ante los que me subsumo.
Pues, esa señora pequeñita, con sus ojitos de preocupación y sus palabras de sobrecuidado, esa viejita con afanes de protección, con sus esperas en vela y sus cenas preparadas, me tenía agarrada de los güevos.
El primer día fuera, acomodé la ropa -que vengo cargando en maletas desde hace un año- en el clóset de mi cuarto, y la vi con otros ojos. Por lo pronto, la vi colgada, y eso ya te da otra perspectiva. Redescubrí mis falditas, ante todo. Ah, mis falditas. Y ahora que empieza a sentirse calorcito veraniego. Mis falditas... tan bonitas, tan coquetas ellas.
Pasaron tres días, y esa noche invité a cenar a unos amigos. Era un día lluvioso de algún tifón que pasaba por esa semana, seguramente, pero en mi cocina había pollo en la cazuela, ajo, cebolla, comino, tomillo, pimienta en bola y sal. Jitomate y jugo de naranja. En la mesa había ensalada de apio con cítricos. Ahí recordé que una de las cosas que me hacían pasables los días era ofrecerle de cenar a los cuates.
No había pasado ni una semana durmiendo en Kikuna, y ya yo estaba enamorándome de no sé quién amor de mi vida que se cruzó por ahí. Como que recuperé mi espacio y la gente pudo volver a entrar.
Pero, por sobre todas las cosas, lo que más más me hace sentir de regreso en mí misma es que he vuelto a mi horario nocturno, y en las caminatas de la estación del tren a la casa sé que nadie me espera con preocupación. Tengo la calma de la madrugada, sin quejas. Me gusta cómo los diurnos todos se van a dormir a sus horas, y me dejan la noche para mí solita.
Es exagerado. Pero he sentido cómo poco a poco -copo a copo- se me descongela el yo. Como que mi espectro de toma de decisiones se amplió y empecé a sentir mi voluntad muy cercana a mí misma, y tal parece que la voluntad propia en la experiencia vital mía no es accesoria.
Y es que mi abuela logra esto que pocas personas realmente logran en mí. Son contados con los dedos de una mano aquellos que llegan limitarme los hábitos, incomodarme la propia comodidad, hacerme pensar en el otro como una restricción. Son contados y no se me olvidan, aquellos ante los que me subsumo.
Pues, esa señora pequeñita, con sus ojitos de preocupación y sus palabras de sobrecuidado, esa viejita con afanes de protección, con sus esperas en vela y sus cenas preparadas, me tenía agarrada de los güevos.
El primer día fuera, acomodé la ropa -que vengo cargando en maletas desde hace un año- en el clóset de mi cuarto, y la vi con otros ojos. Por lo pronto, la vi colgada, y eso ya te da otra perspectiva. Redescubrí mis falditas, ante todo. Ah, mis falditas. Y ahora que empieza a sentirse calorcito veraniego. Mis falditas... tan bonitas, tan coquetas ellas.
Pasaron tres días, y esa noche invité a cenar a unos amigos. Era un día lluvioso de algún tifón que pasaba por esa semana, seguramente, pero en mi cocina había pollo en la cazuela, ajo, cebolla, comino, tomillo, pimienta en bola y sal. Jitomate y jugo de naranja. En la mesa había ensalada de apio con cítricos. Ahí recordé que una de las cosas que me hacían pasables los días era ofrecerle de cenar a los cuates.
No había pasado ni una semana durmiendo en Kikuna, y ya yo estaba enamorándome de no sé quién amor de mi vida que se cruzó por ahí. Como que recuperé mi espacio y la gente pudo volver a entrar.
Pero, por sobre todas las cosas, lo que más más me hace sentir de regreso en mí misma es que he vuelto a mi horario nocturno, y en las caminatas de la estación del tren a la casa sé que nadie me espera con preocupación. Tengo la calma de la madrugada, sin quejas. Me gusta cómo los diurnos todos se van a dormir a sus horas, y me dejan la noche para mí solita.
lunes, 1 de junio de 2009
mucho, broda!
He de confesar que a últimas fechas había estado perdiéndole el sentido a estar fuera, a estar en chinga, a comer mal, a no ejercitarme... ¿como para qué? ¿Todo este esfuerzo como para qué? ¿Qué si entrego tarde las tareas? ¿Qué si no entro a clase? ¿Qué cambia? Pinches clases estilo japonés, yo ya no estoy para escuchar cátedra de no sé quién fulano de alta jerarquía... Sí. Pensé todo eso y más.
Perdí el hambre, las ganas de levantarme, las ganas de desvelarme por la tarea del día siguiente.
Dementes todos los que, controlados por las mentes manipuladoras del sistema, siguen y siguen el camino trazado y las formas diseñadas, ¿para qué?
¿Estamos recibiendo algo?
Hoy mi hermano (de vida, de casa, de sangre) recibió un regalote de cumpleaños adelantado tres días.
Ya consiguió trabajo el desgraciado. Y ahora parece que voy a tener que ir a Roubaix, eventualmente, para ir a visitarlo. Es esa estrellita que se ve al Norte, en Ile-de-France, al surecito de Picardie.

¡Mucho, broda! Y gracias. Porque hoy me hiciste recordar que había que seguir trabajando.
Y nada más para que se emocionen igual que yo, tomen una probadita del final film, presentado el 24 de abril en la Vancouver Film School. En una de esas habían perdido el sentido, también. Y a lo mejor piensan, como yo, no mames... yo también quiero.
Perdí el hambre, las ganas de levantarme, las ganas de desvelarme por la tarea del día siguiente.
Dementes todos los que, controlados por las mentes manipuladoras del sistema, siguen y siguen el camino trazado y las formas diseñadas, ¿para qué?
¿Estamos recibiendo algo?
Hoy mi hermano (de vida, de casa, de sangre) recibió un regalote de cumpleaños adelantado tres días.
Ya consiguió trabajo el desgraciado. Y ahora parece que voy a tener que ir a Roubaix, eventualmente, para ir a visitarlo. Es esa estrellita que se ve al Norte, en Ile-de-France, al surecito de Picardie.
¡Mucho, broda! Y gracias. Porque hoy me hiciste recordar que había que seguir trabajando.
Y nada más para que se emocionen igual que yo, tomen una probadita del final film, presentado el 24 de abril en la Vancouver Film School. En una de esas habían perdido el sentido, también. Y a lo mejor piensan, como yo, no mames... yo también quiero.
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