miércoles, 22 de abril de 2009

de rapidín

Me traen tan correteada, que no me salen ni las frases, ni las historias. Ni una mínima puntada.

Va de rapidín. Así, al calor, en el mero garage encima del toldo, o en el callejón de la basura. A ver qué sale.

Llevo escasas y justas dos semanas de clases en la hache hache hache Universidad de Tokyo, campus de Komaba. No saben qué cosa tan más hermosa es ese lugar. Así sí dan ganas de quedarse en la sala de estudio hasta que la cierran.

La sala de estudio es un espacio ultra pípiris-nais, al que sólo pueden acceder los estudiantes de posgrado, con su LAN (in)alámbrico, al que sólamente tienen acceso los estudiantes de la Universidad, y, dentro de ellos, sólo los que fueron a solicitar una cuenta, no sin antes ver el video de orientación y advertencia: la cuenta es válida en todos los campus de la Todai -abreviación para Tokyo Daigaku (Universidad de Tokyo)-, en tales salas, cualquier problema acercarse CON RESPETO a los asesores (que son también estudiantes como ustedes), favor de respetar el reglamento de ética sobre uso de internet, no robarás, no venderás, no copiarás, no traspasarás tu cuenta...

El campus de Komaba es un oasis dentro de la monstruosidad urbana de Tokyo. Está lleno de verde y de parquecitos. Tiene sus cerezos que dan la bienvenida a los estudiantes, cada ciclo escolar. Los cerezos florecen -de verdad- sólo las dos primeras semanas de abril. Tiene su comedor, un par de supercitos y la librería, todo de la cooperativa, su café de comida italiana, en el que ponen musiquita jazz, su restaurant bistrot, al que te recomiendan hagas tu reservación. Lo que sí, es que, como todo lugar tokyota, está desbordante de gente.

He pasado estas dos semanas con el estómago espantao. Desde el primer día de clases, mi asesora me sentenció. Me dijo que no tenía sentido común como ser humano, que no tenía ni la mínima consideración con los demás, que mi japonés era way too insufficient, y de mi inglés, ni se dijera, que ella realmente no tenía ni por qué haberme aceptado como alumna, así que le echara ganas, pero que ella no creía que pudiera obtener más que lo mínimo requerido para graduarme.

Tómala. Esa fue mi bienvenida. Yo, que toda la vida me acostumbré a escuchar de mis maestros lo máximo que era.

Después de llorar en el parquecito, con la amiga que hice esa misma mañana, arrepentirme de todos mis pecados, mea culpa, mea culpa, me puse a trabajar. Y así he andado. Leyendo, traduciendo a todas horas todo el vocabulario que no tengo, frustrándome a cada momento, porque, ah, qué diferencia, no participar porque tienes mala actitud y no participar porque NO PUEDES.

Los sábados y domingos, todo el día en el restaurante. La banda de la cocina, alivianada como siempre. Me sigo riendo mucho.