viernes, 22 de agosto de 2008

hablando se entiende la gente (2)

Yo, como los alcohólicos. Hoy pregunto. Hoy no me quedo callada. Hoy interactúo.

Lo más curioso es que estas cosas yo ya las había aprendido. En algún momento caí en shock y perdí mis super poderes; pero, para los que no llegaron a verme saltando de edificio en edificio, había llegado a ser tan social como para comentarle cualquier nimiedad al que se parara atrás o adelante de mí en la cola de las tortillas, o en la barra de cualquier cantina, si quieren, más fácil, de ladito.

A la gente le encanta ser abordada. La vuelve loca hablar de ella misma y de cómo ve el mundo. Por eso hay tanta radio, tanta televisón, periódico, congreso, blog. Una de las necesidades básicas del ser humano es la interacción con otros seres humanos.

Cómo me gusta tirar netas, ¿verdad? Sin base teórica o estadística, sin citas. Así nomás. Ustedes perdonen tanta informalidad. Pero es que yo lo he comprobado conmigo misma, en estos meses de soledad. La incomunicación me deprime. La insocialización -insocialidad, insociabilidad, antisocialidad- me destruye. Me pudre el alma. Me pone paranoica. Empiezo a sentirme como el monito encuevado Gollum del Señor de los anillos, cuando en realidad mi estómago tiene la voluntad de un hobbit cualquiera. A mí lo que me alimenta es estar con una banda en el intercambio constante. Eso me hace feliz. Ahí yo encuentro mi humanidad, en mezclarme, en enterarme, en abrazarme, en observar y ser observada, en reirme, en comer, en leer, en escribir -sola, también, pero siempre con, eventualmente con y para alguien o álguienes. La necesidad de expresión no es así al aire. Siempre hay un interlocutor.

A poco no es cierto que hasta nos desdoblamos por interlocutarnos -interlocucionarnos- con alguien. Ya en el caso extremo empezamos a hablar solos. Hagan el experimento. Estén en un lugar -perdido o no- sin comunicarse por un periodo de tiempo (seguramente que el umbral de la frustración incomunicativa es distinto para unos y para otros, pero). Tarde o temprano llega la hora del desdoblamiento.

En casos no tan extremos, salen los interlocutores fantasma. Estos no dan miedo. Estos son buena onda, andan ahí por si se necesitan, para lo que se ofrezca. Los interlocutores fantasma son los seres que evocamos cuando estamos frente a algo -un descubrimiento X-, a falta de un remitente inmediato. Se les reconoce más tarde con la mallugadísima frase "lo vi y me acordé de ti/pensé en ti". Los interlocutores fantasma asienten o niegan lo que uno piensa o siente, e incluso cuentan chistes. De ahí la risa aparentemente espontánea de los caminantes. El primer motivo de a solas reirse es de sus maldades acordarse, claro está; pero el segundo son los interlocutores fantasma, sin duda alguna.

Alivianador que anden por ahí. Sin embargo, un interlocutor fantasma no es suficiente. A final de cuentas, es una extensión de nosotros mismos, como los sueños. Así que, dado el caso, después de una ponencia más, hay que pararse a la salida del auditorio y detener a un par de estudiantes para informarse, más o menos, cómo anda la lingüística en estas Islas alejadas de la mano de dios. Bueno, pues al parecer, no hay algo así como departamentos de lingüística en las universidades. Pero entonces los lingüistas japoneses andan metidos en los departamentos de literatura, de educación, de psicología, y de que hacen lingüística, hacen lingüística.

Me senté a comer con ellos. Me dieron dos que tres nombres de profesores que pudieran interesarse en mi proyecto de investigación. Me dieron sus datos. Uno me sirvió el té y me extendió una invitación para conocer la Universidad de Osaka.

jueves, 21 de agosto de 2008

hablando se entiende la gente

Acaba de pasar un viento de Occidente. El primer frente cálido que cruza por estas islas.

Después de observar durante diez días cómo malvivo y me malhallo, me regañó. Me dijo idiática. Jina, Naomi, Josefina o como te hagas llamar, tienes que aprender a preguntar. Hablando se entiende la gente.

Al principio, pensé, este tipo qué se cree. De qué demonios está hablando. Claro que pregunto, siempre pregunto, cuando ya no me queda de otra, cuando sé que he agotado las posibilidades y no encuentro la salida, pregunto, claro. Lo que pasa es que no me gusta estar molestando a la gente por cualquier cosa. Y, además, quién te garantiza que la gente sabe. Y, para acabarla, luego se enfadan porque los detienes en el camino.

Él detenía por un momento al predicador que todos llevamos dentro, pero seguía diciendo. Yo sólo creo que te ahorrarías mucho tiempo si preguntaras.

Pero si sí pregunto. Lo que pasa es que hay veces que ya sé qué me van a decir, entonces me ahorro el coraje. Me desespera que la gente no sabe, y te dice cualquier cosa. Mejor investigo por mi cuenta.

Se me quedaba viendo como a una loquita. ¿Cómo vas a saber lo que te van a contestar? ¿Quién sabe lo que sabe el otro? Y además, ¿por qué te frustras? Si no saben, pues le preguntas al de al lado. Si se enfadan, pues ni modo. Está bien que no quieras detener a los que pasan por la calle, pero ¿a los encargados de las estaciones, de los hoteles, de los museos? ¡Es su trabajo! Ayer sí me sorprendiste. Te estabas haciendo en los calzones, ¡y no querías preguntar dónde estaba el baño! Nada más te quedaste petrificada, y me dijiste ya vámonos. Eso dijiste.

Pero, pero... No me quedé petrificada. Sólo quería ver si estaría en otro lado. ¡Lo estaba buscando!

No lo estabas buscando. Sólo estabas viendo si estaba el letrero por ahí, y como no lo viste, te bloqueaste, ¡y ya nos íbamos!


En serio debía estar bloqueada, porque de eso ni me acuerdo. Para los que les interese, ante la presión del preguntador compulsivo, terminé por preguntarle a un encargado de la estación y encontré el baño a escasos 50 metros. Sólo que estaba medio escondido, en fin... Después de tal ejemplo del extremo al que puedo llegar (orinarse/no preguntar), tuve que quedarme pensando. Sí es cierto que hay los que preguntan a la mínima provocación (como el caso de mi interlocutor) y yo no quiero ser de esos; pero también es cierto que estoy en un extremo nada práctico, totalmente antisocial y, pa' acabarla de amolar, estresante.

Y en algún momento entre el martes, que llegué a Kyoto a un congreso de Lingüística, y hoy jueves, me di cuenta de que es cierto que no pregunto. Por una parte, es que me gusta buscar las cosas por mi cuenta, pero de un tiempo para acá, "mi cuenta" se ha vuelto una especie de solipsismo chafa, que se resume a lo que me diga mi monólogo interior, que han de saber, está más traqueteado que nada. Es que antes era interesante, sí le hacía caso, aunque se tardara un poquito. A últimas fechas, bueno, no me saca de ningún apuro.

Así que ayer mismo le empecé a hablar a la gente. Dejé las cortesías vacías y empecé a hablar de lo que le molestaba a mi estómago.

Ante mi sorpresa, las personas -amigas de mi santa madre- que me están alojando en la ciudad de Kyoto, habían vivido durante años y años en mi ahora tan añorada Ciudad de México, y el señor había sido entrevistador de JICA para unas becas que yo ni sabía que existían, curiosamente destinadas a descendientes de japoneses aspirantes a estancias de investigación en universidades japonesas. Yo, francamente, no doy crédito.

Ahora, habrá que ver si mis condiciones específicas de área humanística, nacionalidad y grado académico se ajustan a tan maravillosa beca. Pero, por el momento, han de saber, ya volví a preguntar.