jueves, 21 de agosto de 2008

hablando se entiende la gente

Acaba de pasar un viento de Occidente. El primer frente cálido que cruza por estas islas.

Después de observar durante diez días cómo malvivo y me malhallo, me regañó. Me dijo idiática. Jina, Naomi, Josefina o como te hagas llamar, tienes que aprender a preguntar. Hablando se entiende la gente.

Al principio, pensé, este tipo qué se cree. De qué demonios está hablando. Claro que pregunto, siempre pregunto, cuando ya no me queda de otra, cuando sé que he agotado las posibilidades y no encuentro la salida, pregunto, claro. Lo que pasa es que no me gusta estar molestando a la gente por cualquier cosa. Y, además, quién te garantiza que la gente sabe. Y, para acabarla, luego se enfadan porque los detienes en el camino.

Él detenía por un momento al predicador que todos llevamos dentro, pero seguía diciendo. Yo sólo creo que te ahorrarías mucho tiempo si preguntaras.

Pero si sí pregunto. Lo que pasa es que hay veces que ya sé qué me van a decir, entonces me ahorro el coraje. Me desespera que la gente no sabe, y te dice cualquier cosa. Mejor investigo por mi cuenta.

Se me quedaba viendo como a una loquita. ¿Cómo vas a saber lo que te van a contestar? ¿Quién sabe lo que sabe el otro? Y además, ¿por qué te frustras? Si no saben, pues le preguntas al de al lado. Si se enfadan, pues ni modo. Está bien que no quieras detener a los que pasan por la calle, pero ¿a los encargados de las estaciones, de los hoteles, de los museos? ¡Es su trabajo! Ayer sí me sorprendiste. Te estabas haciendo en los calzones, ¡y no querías preguntar dónde estaba el baño! Nada más te quedaste petrificada, y me dijiste ya vámonos. Eso dijiste.

Pero, pero... No me quedé petrificada. Sólo quería ver si estaría en otro lado. ¡Lo estaba buscando!

No lo estabas buscando. Sólo estabas viendo si estaba el letrero por ahí, y como no lo viste, te bloqueaste, ¡y ya nos íbamos!


En serio debía estar bloqueada, porque de eso ni me acuerdo. Para los que les interese, ante la presión del preguntador compulsivo, terminé por preguntarle a un encargado de la estación y encontré el baño a escasos 50 metros. Sólo que estaba medio escondido, en fin... Después de tal ejemplo del extremo al que puedo llegar (orinarse/no preguntar), tuve que quedarme pensando. Sí es cierto que hay los que preguntan a la mínima provocación (como el caso de mi interlocutor) y yo no quiero ser de esos; pero también es cierto que estoy en un extremo nada práctico, totalmente antisocial y, pa' acabarla de amolar, estresante.

Y en algún momento entre el martes, que llegué a Kyoto a un congreso de Lingüística, y hoy jueves, me di cuenta de que es cierto que no pregunto. Por una parte, es que me gusta buscar las cosas por mi cuenta, pero de un tiempo para acá, "mi cuenta" se ha vuelto una especie de solipsismo chafa, que se resume a lo que me diga mi monólogo interior, que han de saber, está más traqueteado que nada. Es que antes era interesante, sí le hacía caso, aunque se tardara un poquito. A últimas fechas, bueno, no me saca de ningún apuro.

Así que ayer mismo le empecé a hablar a la gente. Dejé las cortesías vacías y empecé a hablar de lo que le molestaba a mi estómago.

Ante mi sorpresa, las personas -amigas de mi santa madre- que me están alojando en la ciudad de Kyoto, habían vivido durante años y años en mi ahora tan añorada Ciudad de México, y el señor había sido entrevistador de JICA para unas becas que yo ni sabía que existían, curiosamente destinadas a descendientes de japoneses aspirantes a estancias de investigación en universidades japonesas. Yo, francamente, no doy crédito.

Ahora, habrá que ver si mis condiciones específicas de área humanística, nacionalidad y grado académico se ajustan a tan maravillosa beca. Pero, por el momento, han de saber, ya volví a preguntar.