A falta de un locutor inmediato, escribo -escribo que escribo.
Ustedes disculparán. Sigo en este rollo de la identidad, y luego de la migración, y luego de la soledad, y luego de los sacrificios. Hasta dónde somos capaces de dejar por la promesa de otra vida. Hasta dónde damos por alcanzar nuevas capacidades. Y luego todo este rollo de la adultez, de la responsabilidad con el mundo, con la familia, con uno mismo. A veces me sobrepasa. O quizás sería más preciso decir que me sobrepasa, a secas. Y también ya me estoy cansando de quejarme a todas horas. Pero al parecer así funciona la cosa. Tengo el síndrome del inmigrante. Qué molestia.
Ustedes disculparán. Sigo en este rollo de la identidad, y luego de la migración, y luego de la soledad, y luego de los sacrificios. Hasta dónde somos capaces de dejar por la promesa de otra vida. Hasta dónde damos por alcanzar nuevas capacidades. Y luego todo este rollo de la adultez, de la responsabilidad con el mundo, con la familia, con uno mismo. A veces me sobrepasa. O quizás sería más preciso decir que me sobrepasa, a secas. Y también ya me estoy cansando de quejarme a todas horas. Pero al parecer así funciona la cosa. Tengo el síndrome del inmigrante. Qué molestia.
Desde que llegué, no he dejado de esperar todas esas cosas que me prometí cuando me fui: conocer gente, vivir en otro idioma, mezclarme en otra sociedad, renacer en una nueva yo, cumplir mis sueños adolescentes y postadolescentes de ser total y completamente bilingüe y bicultural. Qué padre. Qué nice. Qué chévere perseguir los sueños de uno. Chingón, ¿no?
Todo mundo se queda con la boca abierta, y pone los ojos cuadrados cuando les dices que ya, ora sí, te vas. Órale. Oye, qué bien. Y qué vas a hacer. Y entonces les cuentas tus maravillosos planes de renacimiento, y no, que sí, que mi sueño fulanito, y es que yo, toda la vida, porque es que siento que me tengo que ir, yo ya no estoy a gusto aquí, bla, bla, bla...
Eventualmente -esto es real- la banda empieza a asentir con la cabeza, a redondear los ojos, a darte abrazos y palabras de aliento. Vas a ver que te va a ir muy bien. Te vamos a extrañar. Así de fuertes son los sueños de uno. Por más descabellados que suenen, los sueños convencen. Tienen el poder de hacerle creer a uno, primero, al resto, después, que se pueden hacer realidad.
Los sueños son cosa del diablo. Son una escalofriante combinación entre la ambición y el espíritu. Como el espíritu de la ambición. O la ambición del espíritu. Los sueños te hacen ver lo que deseas, en lo profundo.
Pero los sueños son sueños, de eso nada podemos hacer.
Somos ingenuos. Cuando tomamos el avión y nos imaginamos que tenemos cientos de galanes, o uno, somos ingenuos. Cuando tomamos el avión y nos imaginamos que somos la cabeza más grande que esta escuela puede esperar, somos ingenuos. Cuando nos imaginamos que no hay nada más cosmopolita que nosotros mismos, nada más alternativo, nada más sugestivo, somos ingenuos. Si creemos que somos los únicos que salieron a perseguir sus sueños, somos ingenuos. Sueños los tiene todo el mundo. A jugar salen todos. Uno mejor que tú, siempre hay.
La migración, como los patos, se dice fácil. Ojalá fuéramos todos patos. Volando hacia lo calientito. Pero no. Los patos de ahora vuelan hacia la perfección, hacia la satisfacción. Qué absurdo. Pero así volamos. Ojalá fuéramos todos patos. Volando siempre en parvadas, para no perder el camino. Pero no. Los patos de ahora vuelan en solitario, dejando a la familia, a los amigos, a los maridos, a veces, hasta a los hijos. Haría sentir intranquilo a cualquier patito; desolado, incluso. Pero los patos de ahora somos fuertes; qué no. La soledad no nos intimida. La incomunicación nos tiene sin cuidado. Si ese es el precio de la excelencia, de los estudios superiores, de las escuelas top del ranking, de un mejor trabajo, que sea pagado. Vale la pena cualquier sufrimiento, por ganar el cielo; a poco no.
Qué católico.
Estos días me está dando el qué lejos estoy del suelo donde he nacido, muy fuerte. Extraño el color. El argot mexicano-chilango-puma-de Filos. El bailecito cumbianchero, de corazón, sin faramalla. Los amores, igual que los tacos, en cada esquina, hasta la madrugada. La guitarra y una rola. El abrazo al desconocido. Pero, sobre todo, los abrazos de los conocidos.
Pero los sueños son sueños, de eso nada podemos hacer.
Somos ingenuos. Cuando tomamos el avión y nos imaginamos que tenemos cientos de galanes, o uno, somos ingenuos. Cuando tomamos el avión y nos imaginamos que somos la cabeza más grande que esta escuela puede esperar, somos ingenuos. Cuando nos imaginamos que no hay nada más cosmopolita que nosotros mismos, nada más alternativo, nada más sugestivo, somos ingenuos. Si creemos que somos los únicos que salieron a perseguir sus sueños, somos ingenuos. Sueños los tiene todo el mundo. A jugar salen todos. Uno mejor que tú, siempre hay.
La migración, como los patos, se dice fácil. Ojalá fuéramos todos patos. Volando hacia lo calientito. Pero no. Los patos de ahora vuelan hacia la perfección, hacia la satisfacción. Qué absurdo. Pero así volamos. Ojalá fuéramos todos patos. Volando siempre en parvadas, para no perder el camino. Pero no. Los patos de ahora vuelan en solitario, dejando a la familia, a los amigos, a los maridos, a veces, hasta a los hijos. Haría sentir intranquilo a cualquier patito; desolado, incluso. Pero los patos de ahora somos fuertes; qué no. La soledad no nos intimida. La incomunicación nos tiene sin cuidado. Si ese es el precio de la excelencia, de los estudios superiores, de las escuelas top del ranking, de un mejor trabajo, que sea pagado. Vale la pena cualquier sufrimiento, por ganar el cielo; a poco no.
Qué católico.
Estos días me está dando el qué lejos estoy del suelo donde he nacido, muy fuerte. Extraño el color. El argot mexicano-chilango-puma-de Filos. El bailecito cumbianchero, de corazón, sin faramalla. Los amores, igual que los tacos, en cada esquina, hasta la madrugada. La guitarra y una rola. El abrazo al desconocido. Pero, sobre todo, los abrazos de los conocidos.