Ah...
Hoy, señoras y señores. Hoy, por fin, respiré.
No sé si fue que terminé la tarea de mañana antes de las 3 de la mañana (mucho antes, por cierto), o es que por fin estaré saliendo del síndrome premenstrual...
Pero sé lo que activó mi salida del dar vueltas en mi cabeza como león enjaulado.
A la Márgara la corren de la escuela donde -todavía dos semanas más- da clases de música para los niños índigenas del Norte de Quebec, en la provincia de Chisasibi. Por cuestiones políticas. Ella dice, me corren por homofobia. A mí eso me destroza el corazón. Me mata de la tristeza. De verdad. Porque yo sé -no lo he visto, pero lo sé- todo el trabajo que ella pone para que esos pinches chamacos aprendan a leer el pentagrama, tocar el ukulele, cantar en la clase, emocionarse mínimamente por la música. Ojetes. Cómo no son capaces de ver los -aunque mínimos- avances con los pinches chamacos. O cómo los ven y no les importa. O cómo no tienen ni la decencia de aunque sea esperar a que termine el ciclo. Por los niños, por ella. Qué manera tan chafa de terminar con algo.
Sí me emputé.
También porque no lo veo como algo ajeno a mí. Creo que hay quienes por alguna misteriosa razón nos dirigimos distinto en este mundo. Y creo que para esas personas será más trabajoso encontrar un lugar donde seamos aceptados con nuestras particulares maneras.
Y yo le estaba perdiendo el sentido ya, a estar en el centro de la mátrix de la manipulación mental, el terrorismo psicológico, los rankings escolares, el ideal del escalón, la homogeneización del individuo, pero a la vez el aislamiento entre los individuos... ¿yo qué hago aquí? Me van a aplastar como a un insecto, sin duda.
Pero, le dije, te juro que vamos a hacer la revolución, mana. Nada más que nos juntemos, después de toda esta madriza, y a ver quién corre a quién. Te lo prometo. Vas a ver.
Y eso iba para ella, pero también iba para mí.