jueves, 4 de junio de 2009

de espacios y poco a pocos

Hace preciso un mes me salí de casa de la abuela.

Es exagerado. Pero he sentido cómo poco a poco -copo a copo- se me descongela el yo. Como que mi espectro de toma de decisiones se amplió y empecé a sentir mi voluntad muy cercana a mí misma, y tal parece que la voluntad propia en la experiencia vital mía no es accesoria.

Y es que mi abuela logra esto que pocas personas realmente logran en mí. Son contados con los dedos de una mano aquellos que llegan limitarme los hábitos, incomodarme la propia comodidad, hacerme pensar en el otro como una restricción. Son contados y no se me olvidan, aquellos ante los que me subsumo.

Pues, esa señora pequeñita, con sus ojitos de preocupación y sus palabras de sobrecuidado, esa viejita con afanes de protección, con sus esperas en vela y sus cenas preparadas, me tenía agarrada de los güevos.

El primer día fuera, acomodé la ropa -que vengo cargando en maletas desde hace un año- en el clóset de mi cuarto, y la vi con otros ojos. Por lo pronto, la vi colgada, y eso ya te da otra perspectiva. Redescubrí mis falditas, ante todo. Ah, mis falditas. Y ahora que empieza a sentirse calorcito veraniego. Mis falditas... tan bonitas, tan coquetas ellas.

Pasaron tres días, y esa noche invité a cenar a unos amigos. Era un día lluvioso de algún tifón que pasaba por esa semana, seguramente, pero en mi cocina había pollo en la cazuela, ajo, cebolla, comino, tomillo, pimienta en bola y sal. Jitomate y jugo de naranja. En la mesa había ensalada de apio con cítricos. Ahí recordé que una de las cosas que me hacían pasables los días era ofrecerle de cenar a los cuates.

No había pasado ni una semana durmiendo en Kikuna, y ya yo estaba enamorándome de no sé quién amor de mi vida que se cruzó por ahí. Como que recuperé mi espacio y la gente pudo volver a entrar.

Pero, por sobre todas las cosas, lo que más más me hace sentir de regreso en mí misma es que he vuelto a mi horario nocturno, y en las caminatas de la estación del tren a la casa sé que nadie me espera con preocupación. Tengo la calma de la madrugada, sin quejas. Me gusta cómo los diurnos todos se van a dormir a sus horas, y me dejan la noche para mí solita.