jueves, 12 de marzo de 2009

introducción, desarrollo y comentario

¿No les pasa?

Cuando estás peleada con el mundo, quieres que el mundo te pelee, para así poder seguir dando patadas. Es el círculo berrinchoso.

Como cuando los niños aprenden a llorar según las reacciones de alrededor. Se caen o se pegan -parece que siempre se caen o se pegan-, les duele o no les duele, pero, si la primer cara que se encuentran es la de la tía preocupona y apapachona con ojos de tragedia, se avecinan gritos y patadas y lagrimones. Si, por el contrario, te encuentras los hombros encogidos de tu mamá, con cara de ya ni modo -o de por qué te pegas, torpe-, más bien te toca tallarte los ojos, respirar poco más o menos espasmódicamente y en cada respiración sorber una que otra gota de líquido nasal, con ese sonidito que provocan sólo los niños maleducados en los restaurantes, cuando intentan llevarse las últimas gotas de refresco del vaso, con el popote.



I

A mí en este año me pasaba una cosa curiosa.

En la casa tenía todo el tiempo la cara de tragedia de la abuela -y eso de verdad que me jodía los días-, mientras que en el restaurante abundaban sobre todo expresiones de la vida es así. Así que llegaba al trabajo angustiada, salía liberada, llegaba liberada a la casa y, al minuto, me volvía a angustiar.

Por más que lo intenté, siempre el tiempo en la casa fue más largo, así que en general me poseía un malestar vital.

Mientras más trabajara y más estudiara, más me cansaba, y eso hacía que mi abuela se angustiara más y me viera con ojos de angustia cada vez más intensos. Por muy paradójico que fuera, yo, ante eso, no podía sino meter más trabajo y más estudio, con tal de estar lo suficientemente agotada como para ignorar la preocupación de mi abuela y estar en la casa estrictamente para dormir y, si acaso, para comer.



II

Hace un par de meses, una de mis amigas más letradas (si no es que la más) me recomendó un librito de Yasunari Kawabata. Historias de la palma de la mano. Bien. Sirve que estudio y no me aburro. Así que, por la tarde, después de haber cortado verduras todo el día, me dirigí a la librería, muy contenta.

Llegué, como siempre que llego a cualquier librería, a buscar el libro por mi cuenta. Pero -oh, no- el libro no estaba en las repisas de "Autores masculinos".
En vez de encontrar a Yasunari Kawabata, encontré a Hiroto Kawabata, y en vez de encontrar Tanagokoro no shosetsu, encontré Te no hira no naka no uchuu ('el universo dentro de la palma de la mano')... Me enfadé. Qué mala suerte; pero voy a preguntar. No vaya a ser.

Pues, para mis pulgas, el chavo que me atendió tenía peor actitud que la mía. Me dijo, está en ese estante (el mismo que yo ya había revisado), por nombre de autor. Me enfadé aún más. Como si no supiera yo buscar un mugriento libro en una biblioteca. Por favor. Pero igual fui a darle una segunda mirada. Nada, claro, los libros no se esconden y vuelven a aparecer después de preguntar.

Mi estómago pataleó y me sacó de la librería.



III

Ayer regresé al combate.

Ahora iba en busca de un autor más. Yo Henmi, Tanbairo no oboegaki: watashitachi no nichijyo ('notas con color a Tanba: nuestros días'). Otra vez, no lo encontré. Pero ya no hice berriche. Estaba dispuesta a mandarlo pedir, si era necesario.

En seguida, fui a buscarlo a la computadora, imprimí la información y me presenté con una señorita, que -toda linda, flaquita y sonrisas- volvió a buscar en su computadora. Le dije, si no está, ¿es posible mandarlo pedir? Sí. Un momento. Mire, sí está. Queda uno. Ahora se lo traigo. Ah, ¿sí? ¿Y éste? Le entrego los datos de Kawabata. Espere. Sí, también. Se levantó de su lugar y fue al mismo estante al que yo ya había ido. Me miré a mí misma con cara de ya parece. No lo encontró, claro. Volví a mí misma sin darle el mínimo beneficio de la duda. Pero justo después se puso en cuclillas y abrió un cajón frente a ella. Sacó un libro con portada blanquiazul y me lo trajo. Yo Henmi. Mi misma puso ojos de ¿ya ves?

Perfecto. Ahora ya sé dónde esconden lo que no está a la vista. Muchas gracias. Casi le doy un abrazo. Su otro libro está en el cuarto piso, en "Biblioteca". Y sí. Cuando subí, ahí estaba Kawabata. Y así me enteré dónde guardaban a los clásicos. Me puse todavía más contenta, alegándole a mi estómago cómo un poquito de buena actitud podía bien retribuirte.

Salí toda feliz y saltarina del Kinokuniya Shoten, medio queriéndole dar unos besos a la chica de la caja.