viernes, 30 de julio de 2010

(1) Sentí que hacer encuestas era una actividad muy agresiva. Voy a cambiar la estrategia a entrevistas. Lo que me preocupa es que si les pido una entrevista es más difícil que acepten. Pero me parece que valdrá la pena sólo entrevistar a personas que estén más dispuestos a responder las preguntas.

En general sentí incomodidad de parte de los informantes.

(2) Hay preguntas que están dedicadas a cierta población, y otras que tienen como objetivo a otra. Es problemático porque en cada caso hay que saltarse preguntas que no son reelevantes para el contestante. Por ejemplo, si has tomado clases de japonés no es reelevante en caso de ser japonés de primera generación, cosa que ya tenía estimada, claro. Así es que esas preguntas las tengo en recuadros aparte. Pero me preocupa que sea molesto estarse saltando unas preguntas y otras no. De cualquier manera me parece menos viable hacer distintas encuestas para las distintas poblaciones. ¿O será mejor? No estoy segura. Quizás debería hacer las versiones en japonés sólo para pertenecientes a la primera generación, y en ese caso quitar todas las preguntas que no son reelevantes. Pero entonces estoy asumiendo que todos lo pertenecientes a la segunda generación son más proficientes en español que en japonés, y preferiría no hacer suposiciones de ese tipo. Creo que esta dificultad me la ahorro si yo hago las preguntas y yo misma lleno los cuestionarios.

(3) Hay preguntas que requieren explicación. Es arriesgado, entonces, dejar el cuestionario para que lo respondan sin supervisión.

(4) Definitivamente –y como dice la literatura– es problemática la autoevaluación sobre las propias habilidades lingüísticas. El 5 de una persona no es el mismo que el de otra. Es curioso cómo un hablante nativo de japonés de primera generación no considera que habla japonés al 10 en una escala del 0 al 10.