jueves, 21 de octubre de 2010

primeras notas (2)

La primera semana se me fue en contactar a las instituciones que según la bibliografía y la misma comunidad, incluyéndome, son importantes para la comunidad japonesa, i.e. el Liceo Mexicano Japonés, la AMJ, el Instituto Cultural Mexicano Japonés y Chuo Gakuen (la escuela de idioma y cultura japoneses para niños). Al Liceo y a Chuo llamé por teléfono. Lamentablemente no logré encontrarme con la directora de Chuo, Kayo Matsubara, pero, por otra parte, en el Liceo pude hablar directamente con el Director de la sección japonesa Shuho Saito, quien me contactó con el Subdirector Yutaka Nakamura. El Liceo repartió las encuestas tanto entre los niños hijos de japoneses nacidos en México (quiero decir de segunda generación), como entre los niños hijos de descendientes de japoneses (quiero decir de tercera generación en adelante). Adicionalmente, repartieron las encuestas entre los padres de familia. A la Asociación fui directamente y hablé con el Administrador General, Akihiro Nakaune, quien repartió las encuestas entre los japoneses e hijos de japoneses que diariamente, pero sobre todo los fines de semana, acuden a las instalaciones de la Asociación. Asimismo me presentó con el presidente de la OJN, Shoichi Onodera (Yonsei, 19 años). Me dijo, el fin de semana que viene nos vamos a juntar, así que puedo organizar a los demás para que puedas entrevistarlos. Acepté de inmediato, y el fin de semana siguiente estuve alrededor de 4 horas entrevistando sin parar a más o menos 20 miembros de la OJN. Fue exhaustivo. Quedé rendida.

Ahora me pongo a pensar en esos días. Realmente no ha pasado tanto. Fueron los primeros días de Agosto cuando realmente logré empezar a entrevistar a la gente. No han pasado ni tres meses. Daba vueltas por la Ciudad como si ese mismo día tuviera que terminar con mi objetivo de 60 encuestados. Por lo menos visitaba dos casas o dos lugares de trabajo al día, persiguiendo a mis entrevistados. Llamaba neuróticamente por teléfono a las personas que poco a poco me iban presentando los mismos entrevistados, e incluso mis propios conocidos. Por supuesto, también me hice de entrevistas gracias a las amistades de mi mamá.

Tuve reencuentros muy gratos. Uno que quisiera no olvidar es el que tuve con la Subdirectora General del ICMJ, Kazuko Hozumi. No sólo me ayudó a repartir las encuestas, sino que incluso se sentó a platicar conmigo en dos ocasiones.
              Cuando entré a estudiar al Instituto tenía 18 años. Acababa de salir de la prepa. Era la huelga general de la UNAM por las reformas al Reglamento General de Pagos. Yo tenía la firme intención de estudiar Gastronomía en el Claustro de Sor Juana y Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, al mismo tiempo. Claro que en ese momento yo no diferenciaba entre la UNAM y el resto de las universidades. Ni me parecía muy distinto ir a una escuela privada de a una pública. Sólo tenía la ligera idea de que la educación que impartían en las instituciones públicas era de muy baja calidad y, por tanto, la gente que acudía tenía una inteligencia insuficiente. Me habían aceptado en ambas escuelas (que para mí ambas eran por igual sólo escuelas), y a mí se me hizo muy fácil tomar clases de ambas carreras hasta que lograra decidir qué era lo que quería hacer. Pero, claro, todo eso, en cuanto se reabrieran las clases.
            Por otra parte, lo único que tenía realmente seguro era que quería irme a Japón. ¿A hacer qué? No sé. Yo sólo quería vivir aquí. Yo sólo quería perfeccionar mi japonés. Yo sólo quería verme como japonesa. Llenar esa mitad que no se llenaba en México, y que definitivamente no se llenaba en los viajes anuales a Japón. Yo quería estudiar aquí, tener amigos japoneses, saber qué se sentía. Yo no quería ser visitante, otra vez. Yo quería ser habitante. Recuerdo haber conversado con mi mamá al respecto, haber llorado en un VIPS o algo así. Recuerdo que ella me dijo que me fuera, que buscara opciones en la Embajada. Recuerdo haber solicitado a la beca Mombusho de perfeccionamiento de idioma japonés para una estancia de un año en Japón. Recuerdo haberla ganado. Pero, también, recuerdo haber sido rechazada después por tener la nacionalidad japonesa.
           Cuando entré a estudiar al Instituto tenía 18 años y estaba llena de complejos de identidad. Realmente no me identificaba con la mexicaneidad. No sabía si era más identificable con la japonesidad. De alguna manera suponía que me sentía como pertenenciente a ambas identidades, pero, en ese caso, no haber sido nunca parte de una comunidad japonesa se presentaba como un problema mayor desde mi punto de vista.

-Ahora te sientes más ligera -eso me dijo (en japonés)-; cuando estudiabas aquí te veías muy preocupada en parecer japonesa.

Me tomé un silencio. Sonreí. Le dije, ahora estoy segura tanto de mi mexicaneidad como de mi japonesidad y soy capaz de presentarme de ese modo, sin reservas. Antes me parecía que para ser aceptada como japonesa debía rechazar lo mexicano. Como cuando decides optar por la nacionalidad japonesa y te exigen rechazar la nacionalidad mexicana. Tienes 20 años. Quién sabe qué estás haciendo. Pero lo bonito es que la nacionalidad mexicana es irrenunciable. Yo igual la renuncié. Se me hacía que la nacionalidad japonesa tenía más estatus internacional. Así que siempre que estaba en Japón yo era japonesa y por mucho tiempo traté de pasar desapercibida, como tal. Realmente lo logré. La mayoría de la gente no se daba cuenta de mi extranjeridad hasta que se los hacía saber. Muchas personas insistían en que, no importaba qué, yo era más japonesa que nada. A mí eso me ponía muy contenta, claro. Por mucho tiempo me alimenté de eso. Pero en algún punto empecé a desesperarme por dentro. Algo en mí me pedía contacto físico. Me pedía expresarme directamente, más directamente que lo que la lengua japonesa te permite en sus cortesías habituales. Algo en mí me pedía ser diferente, diferente como realmente había sido siempre, rara, loca, fuera de la norma, rebelde, de alguna manera. Y curiosamente, fue cuando empecé a dejar ir todas esas emociones que empecé a hacer amigos. Quizás porque estaba más relajada. Ahora realmente no sé cómo me vean ellos. No sé si me vean y piensen, es japonesa o no es japonesa, es mexicana o no es mexicana. Siempre que me preguntan yo como me siento, yo respondo que soy las dos y que eso implica de alguna manera no ser ninguna, pero que en ciertos momentos me siento profundamente identificada con una o con la otra. Últimamente estoy leyendo apuntes a la bibliografía de Joshua Fishman y me alivia cuando leo cosas como 'multiple-group membership is possible' (Language Loyalty, Continuity and Change, García et al. 2006: 35).
            Ya han pasado más de 10 años desde que empecé a tener conflictos con mi identidad étnica, si se me permite el término. Me tomó diez años o más, quizás muchos más, sentirme cómoda conmigo misma a este respecto. Y algo muy bonito de este primer trabajo de campo que fui a hacer es que logré reafirmar esa sensación de confianza en mí misma, precisamente en el terreno movedizo y problemático que siempre me había confundido tanto. Porque adaptarse frente a 'puros' japoneses como japonesa es relativamente sencillo. Ahora, presentarse frente a japoneses en México o igualmente japoneses-mexicanos... es que –como digo– nos encontramos en terreno movedizo. Y uno se pregunta qué hacer. ¿Debo presentarme como total mexicana? ¿Debo hablar sólo español? ¿Debo hacer sólo gestos mexicanos? O al contrario. Quizás es más adecuado presentarme como japonesa, hablar sólo en japonés, hacer sólo gestos japoneses... Curiosamente, uno termina haciendo ambos, de manera natural, sólo así. Y descubrirme así, libre, pasando de un código al otro, ni siquiera a voluntad sino casi reactivamente... Qué te digo. Se siente uno super poderoso.
          Pues, por si esto fuera poco, Hozumi-sensei se encontraba muy interesada en lo que ahora se vislumbra como mi área de estudio. Así que terminamos hablando de blingüismo, de qué tan posible era la educación bilingüe, de qué tan posible era el mantenimiento del japonés para los Nikkeis mexicanos, de los complejos frente a la lengua, de las estrategias educativas frente a una lengua supuestamente adquirida de manera natural, en casa, que sin embargo se encuentra en un nivel elemental.